viernes, 20 de julio de 2018

REFLEXIONES SOBRE LA AMISTAD - CARDENAL EDUARDO PIRONIO (2/3)



“El hombre dichoso necesita de amigos”. Santo Tomás


3. Toda amistad es un encuentro consigo mismo en la persona del amigo. Pero no es un encuentro egoísta. Amamos el bien del amigo y su persona, no su utilidad o su deleite. Lo cual es amar con benevolencia. La “benevolencia” es el primer elemento -el más esencial y característico- de la amistad. Los otros dos son la reciprocidad y la semejanza (o comunicación de vida). La benevolencia significa desinterés. La reciprocidad, amar a quien nos ama. La semejanza, parentesco de almas.

Se llama propiamente amigo aquel para quién queremos algún bien. No amamos el placer de su presencia -aunque la deseamos y la agradecemos , la añoramos y la provocamos- sino su persona misma a la cual deseamos todo bien. Si para el amigo fuera mejor el bien de la separación y de la ausencia -un viaje que espiritualmente lo enriquece o un puesto que lo privilegia- se lo deseamos aunque nos duela. Saber arrancarnos del amigo para que triunfe es signo de amistad verdadera. Cuando lo apresamos para que no se aleje, pecamos por egoísmo de utilidad o deleite.

Sin embargo la convivencia es propia y deleitable en la amistad. El principal acto de la amistad es la convivencia con el amigo. La convivencia surge de la misma naturaleza humana. El hombre es naturalmente animal político y hecho para la convivencia. La convivencia es una disposición para la amistad, porque produce la comunicación de vidas. Ahonda el conocimiento -la adivinación del amigo- y funde más rápidamente las almas. La amistad se funda en la semejanza descubierta o presentida y consiste esencialmente en la fusión fundamental de la personalidad de los amigos: un mismo querer y un mismo no querer. Pero esto supone una larga convivencia y una severa maduración.

Las amistades rápidas -como las de los jóvenes que aman más por pasión vehemente y pasajera que por elección serena y madura- suponen más bien “voluntad de amistad” que amistad misma. La amistad surge recién cuando los amigos se reconocen como mutuamente “amables”. Todo lo demás es una preparación rara la amistad. Indica solamente que quieren ser amigos. Lo que se opone a la convivencia se opone a la amistad. Por eso los “solitarios” -los que no aguantan la convivencia y huyen la conversación- no son aptos para la amistad. Aristóteles enumera entre ellos a los ancianos y a los severos cuya convivencia es demasiado quejumbrosa y llorona. Los ancianos son más benévolos que amigos. Sin embargo la falta de deleite sensible puede ser superada por la delectación espiritual de la sabiduría o de la virtud del anciano. Buscamos su convivencia porque nos enseña y nos hace mejores. En la amistad de los buenos la convivencia engendra siempre perfección: los mismos amigos se hacer, mutuamente mejores al obrar juntos y amarse.

Las separaciones largas y totales pueden disminuir y aún quebrar la amistad. Porque la amistad es un hábito que debe ser conservado por la repetición de los actos. Por eso la amistad exige el encuentro, al menos espiritual, con el amigo. La carta, por ejemplo, puede ser un reclamo fundamental de la convivencia; porque es una forma de llamar, de hablar y de convivir con el amigo. Cuando el amigo retorna, la alegría del reencuentro es más profunda.

4. Toda amistad se funda en la semejanza, que es una comunicación de vidas. Sin comunión de vidas no hay amistad. Cuanto más íntima la comunión, más profunda la amistad. La semejanza causa del amor, dice santo Tomás18. También: la semejanza es esencialmente causa de la amistad. Porque la semejanza emparenta a los hombres y los unifica: en virtud de ella la afección del uno se dirige hacia el otro como hacia sí mismo. El primer paso de la amistad es amarse bien a sí mismo; el segundo es amar al semejante. Lo amamos porque es “quasi alter ego ipse”. Pero la semejanza proviene de que les dos proceden de un mismo principio y forman parte de un mismo todo; porque aman el todo, las partes se aman entre sí.

La conciencia recíproca de esta semejanza engendra el amor mutuo de la amistad. La amistad, en definitiva, es el encuentro consciente de dos amores de benevolencia recíprocos. Es necesaria la reciprocidad de la benevolencia, porque puede haber un amor recíproco de concupiscencia -como el amor sensual de dos novios- que es un egoísmo entre dos. Además esta reciprocidad debe ser manifestada más con hechos que con palabras. Lo que prueba la profundidad de la amistad es el sacrificio.

La semejanza específica que proviene de la comunicación en la misma “forma” humana funda la amistad natural. Los hombres son, en cierta manera muy amplia, amigos los unos de los otros. Todo hombre es naturalmente amigo de todo hombre. Basados en esta amistad compadecemos a todos los hombres, aunque no los conozcamos, y los ayudamos aunque nos resulten extraños. Hay una semejanza ontológica, substancial, específica, que da origen a la filantropía.

La semejanza civil -que es una comunicación de vida en los bienes espirituales de la Nación funda la amistad política-. No se trata solamente de una semejanza circunstancial que proviene de haber nacido en un mismo país, en una misma región o en una misma ciudad. Se trata, sobre todo, de una aproximación de almas en los conciudadanos. Lo que configura la verdadera amistad política no es la simple defensa de la soberanía nacional, sino la común identificación en la cultura, en la religión, en las tradiciones, etc., que son los bienes espirituales de la Nación.
A veces es necesario romper la concordia exterior para rehacer la auténtica comunidad política perdida. En eso se basa el derecho de una revolución justa. Pese a las ideologías diversas hay el amor al todo de la Nación que unifica las partes y pospone los intereses particulares o de grupos. Cuando el egoísmo de los hombres -gobernantes o súbditos- antepone el bien de los individuos o del grupo, se quiebra la unidad de la Nación y se pierde la amistad política. Porque también ésta se nutre del desinterés de los ciudadanos. Sólo así -perdiéndose como parte para reencontrarse en la salvación del todo- tiene sentido dar la vida por la Patria. 

Luego viene una semejanza natural más cercana: la de la sangre. Esta semejanza funda la amistad familiar (amistad conyugal, amistad paterna, amistad filial, amistad fraterna). Hay un conjunto de cosas -físicas o morales- que hacen más visible y más honda esta semejanza. No es únicamente la sangre. Hay también el temperamento, los intereses, las tradiciones hogareñas, la común educación, etc., que ligan los lazos familiares. 

La amistad conyugal surge, de la naturaleza misma del hombre. El hombre es más “animal conyugal” que “animal político”, porque la sociedad doméstica es anterior y más necesaria que la sociedad civil. Lo que constituye el fundamento de la sociedad doméstica no es tanto la tendencia natural a generar cuanto la inclinación a procurar los bienes de la vida humana. La amistad conyugal va precedida de una amistad de elección; la afinidad de las almas debe ser descubierta y vivida antes de la unión de los cuerpos. En la convivencia conyugal la amistad de elección se ahonda por la permanente comunicación de vida y de sacrificio. Lo que afirma la amistad conyugal son los hijos que son un bien común de ambos. Ahí se da la verdadera comunidad de vida. Por eso la esterilidad voluntaria -que es causa de la separación en el matrimonio- quiebra o debilita la amistad conyugal. 

La amistad paterna -que va de los padres a los hijos- es más honda, más antigua y más desinteresada que la amistad filial. La amistad de la madre es más profunda y más intensa que la amistad del padre. Los padres empiezan a amar a los hijos aún antes de engendrarlos. Y Los aman como “parte arrancada” de sí mismos cuando nacen. Comprenden más la prolongación de sí mismos -y por consiguiente la semejanza- en ellos y el amor es más profundo. La amistad paterna es la más cercana a la dilección con que cada uno se ama a sí mismo. Por eso toda amistad familiar deriva de ella como de su principio. 
La amistad filial es más nueva y más inquieta. Y es una amistad que va unida al honor: es una amistad, con justicia. Como hacia un bien sobre-excelente, como la del hombre con Dios.

La amistad fraterna se funda en la raíz común, en la convivencia, en la sangre, en la participación en el mismo todo familiar. Cuanto más próximos en edad y en educación, más intensa resulta, ordinariamente, la amistad entre hermanos. 

Hay también las amistades útiles, que surgen de la comunicación de vida en las empresas económicas. Las amistades especiales nacidas de una convivencia circunstancial -muy pocas veces honda y duradera- como la que existe entre los alumnos de una misma promoción o los pasajeros de una misma travesía. La amistad divina -caridad sobrenatural- fundada en la comunicación de la misma felicidad de Dios. La caridad es una cierta amistad con Dios, dice santo Tomás. 

Es la máxima perfección del hombre. Cuando el amor a Dios es amistad tenemos la caridad. Porque puede haber un amor a Dios mediocre que es una simple utilidad o deleite o una simple benevolencia ociosa. Santo Tomás -que conoce bien la psicología del corazón humano y sabe que el sentimiento más noble y más profundo es la amistad- prueba la excelencia de la caridad diciendo que no es un amor cualquiera sino “un amor de amigos”. De la amistad divina surge inmediatamente la amistad humana: al amar a Dios amamos todo lo de Dios. Amamos la semejanza de Dios en el hombre.



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REFLEXIONES SOBRE LA AMISTAD - CARDENAL EDUARDO PIRONIO (1/3)



“Ningún hombre, aunque tuviera todos los bienes exteriores, elegiría vivir sin amigos”. Aristóteles 

1. Todo contacto con un hombre superior nos beneficia. Pero no amamos su utilidad o su deleite -el beneficio de su virtud o el gozo de su presencia- sino el bien de su persona. Esto es amar con benevolencia. Cuando la benevolencia es mutua y se basa en una semejanza manifiesta o presentida, entonces se da la amistad: benevolencia mutua non latens. La amistad consiste en amar a alguien que nos ama. Lo cual es privilegio de los perfectos. Toda amistad se basa en una comunicación de vida. En la comunicación de la filosofía se establece una semejanza proporcional entre el maestro y el discípulo que engendra una amistad de sobreabundancia. Al maestro le corresponde más amar que ser amado. Al discípulo le corresponde retribuir según el afecto de su voluntad; que es una forma de equilibrar la reciprocidad exigida por la amistad. Por eso dice Aristóteles que la dignidad de la filosofía no es mensurable con dinero ni puede él discípulo devolver al maestro igual precio; pero puede retribuir lo suficiente, según proporción, cómo se retribuye a Dios y a los padres. La amistad que vige entre el maestro y el discípulo, pertenece, pues, al género de las amistades entre desiguales, como la que vige entre el hombre y Dios, entre el hijo y sus padres. Solamente las almas grandes -que aman el bien de la virtud y lo transparentan- son sujetos de la amistad verdadera. Los que viven con plenitud la vida del espíritu -sabiduría filosófica o bien moral- son aptos para la amistad. Y la amistad es necesaria para ellos. Solamente los buenos son simplemente amigos. Los demás son amigos por analogía. La amistad no es posible en las almas mediocres. Porque la primera condición de la amistad es el desinterés y el sacrificio. Lo que caracteriza esencialmente el amor de amistad es la generosidad de la “benevolencia”. La amistad es un amor recíproco; pero más propio de la amistad es amar que ser amado. Por consiguiente la verdadera dignidad del amigo se mide por la intensidad con que ama. Además la amistad es operadora del bien de la virtud: los amigos se hacen cotidianamente mejores por la convivencia virtuosa. La amistad no es simple benevolencia ociosa -simple querer el bien del amigo- sino benevolencia activa y realizadora. La amistad supone una gran riqueza interior. Si no es una virtud, al menos procede de la virtud y la produce. Lo verdaderamente “amable” es la virtud. Lo que especifica la amistad honesta - única auténtica amistad- es el bien simplemente tal, el bien honesto. El bien útil (como el dinero y los honores) o el bien deleitable (como el placer de una conversación) especifican más vale, un amor de concupiscencia; y las amistades que de allí resultan -amistad útil y amistad deleitable- sólo realizan accidentalmente, secundariamente, analógicamente, la razón de amistad. Pero se acercan también a la amistad verdadera, la preceden y la acompañan. La razón perfecta de amistad sólo se realiza en la amistad honesta.

Lo verdaderamente “amable” es la virtud. Y el único verdaderamente “amante” es el virtuoso. Siente necesidad de hacer el bien porque el virtuoso es perfecto y la perfección de un ser es su operación. Ningún hombre puede vivir sin amigos, escribió Aristóteles. Pero la amistad es privilegio de los perfectos. Tener un amigo verdadero es señal de perfección. Se exige la presencia del amigo más por riqueza interior que por indigencia. Es el hombre feliz el que necesita de amigos; no porque la amistad funde su felicidad -a lo más le confiere su deleite- sino porque la felicidad exige ser comunicada. Es propio del hombre dichoso tener amigos a los cuales hacer el bien. 

La amistad verdadera no puede darse sino entre almas grandes. Y al mismo tiempo -es el primer beneficio de la amistad verdadera- hace progresivamente más grandes a las almas. La amistad que ensucia o empeora es la amistad puramente útil o deleitable, fundada en los tienes exteriores que empequeñecen y dividen. Los que simulan una amistad virtuosa, pero buscan una amistad útil, son peores que los que falsifican monedas, dice Aristóteles . La amistad honesta -que es la más grande, la más perfecta y la única duradera- es rara. Porque los virtuosos son pocos y exige larga y segura convivencia.

2. La amistad es un reencuentro consigo mismo en la persona del amigo. El amigo no es “otro” en cuanto “otro”, sino “otro” en cuanto “yo mismo”. El amigo es “como otro yo” -amicus est alter ipse- dicen constantemente Aristóteles y santo Tomás. Precisamente en esta unidad se basan dos signos de la amistad: la adivinación de los sentimientos del amigo y la revelación de los secretos más íntimos. Adivinamos las reacciones internas del amigo frente a situaciones concretas leyendo en nosotros mismos. Y abrimos nuestros secretos al amigo sin profanarlos. Porque no les extraemos sino que los prolongamos. Hay una zona del alma, inviolable y sagrada, adonde no llegan sino Dios y el amigo. El amigo entra allí no como “opuesto” sino come multiplicándonos. “Siendo en los amigos único el corazón y única el alma -dice santo Tomás- no tiene el amigo fuera de su corazón lo que revela a su amigo” . Confiar al amigo nuestros secretos es como volver a decírnoslos a nosotros mismos, experimentando la alegría de una liberación y la plenitud de un enriquecimiento. 

Lo que constituye la esencia de la amistad es que “el otro” pasa a ser “yo mismo”. En virtud de la semejanza descubierta o presentida el amigo se siente prolongado en la persona del amigo. La “alteridad” como alteridad se opone esencialmente a la amistad. La alteridad quiebra la unidad y la unidad es la raíz del amor. Así como la unidad es principio de la unión, así el amor con el cual cada uno se ama a sí mismo, es forma y raíz de la amistad .

Solamente nos amamos a nosotros mismos. Y amamos a los demás en cuanto son una prolongación de nosotros mismos. Pero no es un amor individualista y vituperable. Es el amor con que las partes se aman para conseguir el bien del todo. Las partes no existen sino para el todo. Cuando se aman a si mismas y se aman entre sí, es porque aman el bien del todo. 

Hay tres formas de amarnos a nosotros mismos, dice santo Tomás. Una es común a todos los hombres, otra es propia de los buenos y otra es propia de los malos. Todos los hombres aman naturalmente su propio ser y su conservación. Desean vivir. Pero los buenos desean vivir según su parte intelectiva y los malos según su parte sensitiva. Lo primero es amor ordenado de sí mismo, lo segundo es amor vituperable.

El hombre “interior” -el verdaderamente sabio- se ama espiritualmente, según el intelecto, que es lo más divino y lo que nos asimila a Dios. Cuando nos amamos así amamos nuestra semejanza divina y por consiguiente, aún en lo humano, amamos a Dios. Nadie es más prójimo nuestro que nosotros mismos. 

El hombre que se ama así, ordenadamente, según su parte superior y divina, desea para si el bien de la virtud. Desea vivir como virtuoso. Hace lo posible por conseguirlo. Siente la alegría del recogimiento; porque en la soledad interior saborea la dulzura del bien presente, se goza con la memoria del bien pasado y pregusta la esperanza del bien futuro. Experimenta necesidad de estar solo, en la soledad inviolable y enriquecedora de la persona. Por eso una de las condiciones previas de la amistad es la soledad. El hombre virtuoso -sujeto de la amistad verdadera- vive allí la serenidad de sus apetitos ordenados. Vive en paz y se constituye en pacificador. Por eso el amigo verdadero pacifica siempre. 

El hombre “exterior” se ama sensitivamente, según la naturaleza corpórea, que el cree principal en él. Así quiebra la unidad de su persona. Ya no hay orden ni reposo ni paz. Odia el bien del espíritu -sabiduría o virtud- y huye del recogimiento. Porque el recogimiento vendría a ser para él un encuentro desgarrador consigo mismo, con el desorden intranquilizador de sus apetitos enfrentados, Los malos no pueden convivir en sí mismos; necesitan salirse hacia los bienes exteriores. Y como los bienes exteriores dividen, tampoco pueden convivir con los demás. Por eso no pueden ser amigos, ya que el principal acto de la amistad es la convivencia. 

En definitiva, lo que se opone a la amistad es el “yo egoísta” -el exterior, el sensitivo, el hombre viejo-. Pero el “yo virtuoso” -el interior, el espiritual, el hombre nuevo- es necesario a la amistad y la funda.


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miércoles, 18 de julio de 2018

"Traslado de los cuerpos de los mártires: Carlos y Gabriel al cumplirse 42 años de su martirio"


En el día de hoy, al cumplirse 42 años del secuestro y asesinato del Padre Gabriel Longueville y Fray Carlos de Dios Murias OFM Conv., se realizó el traslado de sus cuerpos desde el Cementerio de Chamical hasta la parroquia "El Salvador", en la cripta donde permanecerán para la oración y veneración de los fieles.
 (Leer información de sus biografías y reconocimiento de martirio)




 Terminada la oración responsorial del Obispo Marcelo Colombo y la colocación definitiva de los cuerpos de los mártires en la mencionada cripta, todos los fieles caminaron en peregrinación hacia el lugar donde fueron encontrados asesinados en el año 1976, paraje conocido como Bajo de Lucas. Allí se celebró la misa en la que participaron junto al Padre Obispo Marcelo, el  Obispo de Viviers, Francia (diócesis de origen del P. Gabriel Longueville) Mons. Jean-Louis Balsa; el Obispo de Cruz del Eje, Mons. Hugo Ricardo Araya; el Obispo auxiliar de Santiago del Estero, Mons. Enrique Martínez Ossola : el Vice Postulador de la Causa de Monseñor Angelelli y compañeros mártires, Fr. Martín Pablo Bitzer OFM Conv, y numerosos sacerdotes de La Rioja, Cruz del Eje junto a una nutrida delegación de frailes franciscanos conventuales. El Obispo de Viviers llegó acompañado de 30 jóvenes de su diócesis, entre ellos tres seminaristas para participar de una experiencia de voluntariado en la Provincia de La Rioja durante el mes de Julio. 





La imponente presencia de laicos, principalmente jóvenes, de la Diócesis de La Rioja y de las diócesis vecinas, de autoridades provinciales encabezadas por el Gobernador Sergio Casas y su equipo de colaboradores, el intendente local Daniel Elías, otros intendentes vecinos, animó una festiva  celebración que resaltó el compromiso testimonial de los mártires riojanos, fecundos signos del Reino de Dios entre nosotros.










Mons. Jean-Louis Balsa dirigió unas palabras a todos los presentes

Un seminarista tradujo las palabras de Mons. Jean-Louis Balsa

Los jovenes de Francia recibieron un souvenir con tierra del lugar donde fueron encontrados Carlos y Gabriel




Mons. Ricardo Araya, también dirigió unas palabras



Para más información visitar el facebook de la diócesis de La Rioja

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martes, 17 de julio de 2018

CELEBRACIÓN DE LOS MÁRTIRES: CARLOS Y GABRIEL (17 y 18 de Julio)


En estos días se llevara a cabo la celebración de los mártires Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville al cumplirse 42 años de su secuestro y asesinato. A continuación una breve reseña de sus vidas:

Fray carlos de Dios Murias (sacerdote profeso de la Orden de los Hermanos Menores Conventuales)


Nació en Cordoba el 10 de octubre de 1945. Fue consagrado sacerdote en 1972 por Monseñor Enrique Angelelli. Junto al P. Gabriel Longueville realizó su tarea pastoral en la parroquia El Salvador del departamento de  Chamical. Ambos fueron secuestrados y asesinados en Bajo de Luca el 18 de Julio de 1976.

Padre Gabriel Joseph Roger Longueville (sacerdote diocesano)



Nació el 18 de marzo de 1931 en un pueblito rural de Francia, Etables, en la Diócesis de Viviers.  Fue ordenado sacerdote el 23 de julio de 1957.  Gabriel quería llevar el Evangelio de Jesús más allá de las fronteras de su Patria. Así, luego de prepararse en México, llega a Corrientes, Argentina en 1970. En marzo del año 1971 el Padre Gabriel se incorpora a la diócesis  de La Rioja, donde Mons. Angelelli lo destina a la Parroquia de Chamical.

Así lo recuerda la gente de esa comunidad. “Entre nosotros fue humilde servidor, muy sencillo, cercano a los pobres, hombre de profunda vida interior con un fino sentido del humor".

Estaba cenando con el P. Carlos y las religiosas de la parroquia cuando los captores vinieron a buscar al P. Carlos. Preguntaron sólo por él. Cuando éste los siguió, el P. Gabriel no quiso dejarlo ir solo. Le dijo “Voy con vos”.

Ambos fueron secuestrados y asesinados en Bajo de Luca el 18 de Julio de 1976.
Mons. Angelelli en la misa responsorial de Carlos y Gabriel


Este memorial se realizará en el departamento de Chamical, provincia de La Rioja los días 17 y 18 de Julio. A continuación el cronograma de actividades:




Cabe mencionar que el santo padre Francisco autorizó la la promulgación del Decreto que reconoce el martirio de los Siervos de Dios Mons. Enrique Angelelli P. Gabriel, Fr. Carlos de Dios Murias y Wenceslao Pedernera, laico y  padre de familia, asesinados por  odio a la fe en la provincia de La Rioja, Argentina en 1976. (Leer información oficial del Vaticano) - (Leer la circular del obispo Marcelo Colombo)






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sábado, 14 de julio de 2018

Homilía Dominical: "De dos en dos y sólo con un bastón" - Diego Fares, SJ





Evangelio según San Marcos 6, 7-13. 

Entonces llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros.Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero;  que fueran calzados con sandalias, y que no tuvieran dos túnicas. Les dijo: "Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir. Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos". Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión; expulsaron a muchos demonios y curaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo. 

"De dos en dos y sólo con un bastón"

La imagen de los apóstoles así enviados es una imagen llena de dinamismo evangélico: en el corazón el anuncio y la mirada puesta en el camino. 

¿Y en qué consiste la misión? Hay que leer bien y mirar la escena del envío una y otra vez, en cada evangelista, para darle al evangelio la oportunidad de sorprendernos, de ser “buena nueva”, hoy, para nosotros.

Lo primero que resalta en el pasaje, si uno quiere ver bien de qué se trata el envío es, por tratar de decirlo de alguna manera, un freno a toda interpretación funcionalista y un movimiento inverso que tiene una fuerza irresistible: el pasaje del envío en Marcos nos retrotrae a Jesús.

Si uno lee bien en Marcos, sorprende un poco que Jesús no les dice “a qué los envía”. Lo deducimos por los últimos versículos, en los que describe lo que dijeron  y lo que hicieron –exhortar a la conversión, expulsar demonios y ungir con óleo a los enfermos-. 

Cuando uno envía a un cadete sigue el movimiento del evangelio –lo llama, le dice: “Vení un momentito”, pero inmediatamente agrega: “llévame esto a tal parte y decile a fulano…”-. Uno lo acerca al otro pero para hacer hincapié en lo que tiene que hacer. Lo que le interesa es que el sobre o la plata llegue rápido al otro. 

Mateo sigue esta lógica: dice que Jesús “llamó a los Doce y les dio autoridad sobre los espíritus impuros…” y señala inmediatamente el fin práctico “para expulsarlos y para curar toda enfermedad y dolencia” (Mt 10, 1 ss.). Lo mismo hace con las instrucciones, además de dar las órdenes sobre lo que no hay que llevar, explicita el mensaje positivo: “proclamen que el reino de los cielos está cerca, curen enfermos, resuciten a los muertos…”. Lo mismo hace Lucas: “Convocando a los Doce, les dio autoridad y poder sobre todos los demonios, y para curar enfermedades; y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar (Lc 9 1 ss.).

Marcos en cambio no menciona el para qué y se detiene prolijamente en la descripción de lo que no tienen que llevar –ni pan, ni mochila, ni monedas en la faja… solo sandalias, no más de una túnica.- y en cómo tienen que actuar con los que los reciben y con los que los rechazan. Estos dos largos párrafos y la corta mención de lo que hicieron –exhortaron a la conversión, expulsaron demonios y sanaron enfermos- nos retrotrae (si uno quiere detenerse a contemplar qué es lo que Marcos considera esencial en la Misión) al primer párrafo. Y allí cobra fuerza lo personal: Jesús los llamó junto a sí y los envió de dos en dos dándoles autoridad. 

El que los llama junto a sí es un Jesús que ha salido a recorrer los poblados y pasa el día enseñando a la gente personalmente. Un buen día se para y en vez de salir Él los envía a ellos. En vez de andar ellos tras Él siguiéndolo y mirando cómo enseña, ahora Él se detiene, los envía y espera a que vuelvan “a contarle lo que han hecho” (Mc 6, 30). Esta dinámica se repite al final del evangelio de Marcos “que termina de manera inesperada” como dice el Libro del pueblo de Dios, “y por eso se le agregó una conclusión a manera de resumen”. Pero no es quizás tan inesperado el final si uno se fija en lo que resalta Marcos al dejar cosas sin explicitar. Así como los apóstoles “salieron” enviados por Jesús, así “salieron” las mujeres del sepulcro, enviadas por el ángel: “vayan a decir a sus discípulos y a Pedro que él irá antes que ustedes a Galilea; allí lo verán, como les dijo”. Este “lo verán como les dijo” no solo se refiere a una predicción puntual del Señor sino que puede indicar también un “modo de verlo y de contemplarlo resucitado en toda su vida”, cosa que se da a entender en esto de volver a Galilea, a los comienzos, a descubrir a Jesús resucitado releyendo todo el evangelio. 

La dinámica de Marcos es la de la misión: Jesús envía y por el camino se va explicitando a qué envía. Jesús envía y se adelanta a esperar. En el medio está la misión, pero a Marcos le importa menos explicitar lo que hay que hacer que centrarnos en este Jesús que nos llama junto a sí, nos envía y nos espera a que volvamos a El (vengan también ustedes a descansar un poco -Mc 6, 30).
Contemplado así, quizás no sea tan “inesperado” el final de Marcos. De hecho llevó a la comunidad a “completar lo que faltaba haciendo un resumen de todos los evangelios”. Vemos cómo intuitivamente el movimiento de la narración, terminada abruptamente, hace que uno se retrotraiga a lo anterior y se abra a otras narraciones. ¡Genialidades narrativas del evangelio! diría Borges. 

Cobra también importancia lo personal –el de dos en dos y lo de la autoridad- al no explicitar el mensaje y al insistir en lo que no hay que llevar. Jesús suma personas y resta cosas. Pensemos en todo lo que suscita este ir de a dos sin tecnología y sin mucho plan pastoral. Dos que caminan juntos, dos que se entienden, dos que concuerdan y actúan sin “dividirse el trabajo”. Hay todo un mensaje aquí contra la tentación del individualismo, del rodearnos de cosas y tareas que nos alejan del poder compartir el camino con otros por cuestiones de agenda. Apóstoles que somos como planetas que se tocan y salen disparados como bolas de billar, cada uno atraído por su órbita y sin poder entrar armónicamente en la del otro. Detrás y en el fondo de este “de dos en dos” está el “de a dos” de Jesús y el Padre: “Como el Padre me envió, también yo os envío” (Jn 20, 21). En un envío despojado de medios y de contenidos teóricos y de actividades para realizar, se destaca esto personal de a dos y en comunidad (los Doce) que es el corazón de la misión. El ir de a dos –dentro de una comunidad de Doce- necesariamente remite a Otro, que se da el lujo de no dividir a los pocos que tiene porque no quiere tanto que realicen un trabajo como que den testimonio de un Amor especial. Lo dice Juan en su carta: “nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo, como Salvador del mundo. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4, 9-14).

En el último encuentro de los Consejos Administrativos de Manos Abiertas en Alta Gracia, una experta en Movilización de Recursos nos hizo hacer nuevamente el ejercicio de “definir” Manos Abiertas  y hacía notar que nos resultaba difícil lograr una única definición concisa. El objetivo de los que tratan de obtener recursos es poder transmitir un mensaje claro y atrayente a otro en lo que dura un viaje en ascensor. La dificultad para definir bien el qué y el para qué y todas esas cuestiones de misión y visión, se daba, sin embargo en un contexto y con una intensidad especiales. El padre Fernando hizo notar la “pasión” con que tratábamos de definir y con que poníamos manos a la obra en Manos Abiertas. Yo le pregunté a la expositora si notaba alguna diferencia con las reuniones que hacía con empresarios y me dijo “Sí. Ustedes están aquí tres días porque quieren y eso se nota por la alegría”. 


La pasión por ir definiendo el mensaje y la tarea en el camino y la alegría de estar juntos hacen a la esencia de la Misión de Jesús. El “qué” lo van dando el Espíritu y la realidad.

Diego Fares, SJ

 Fuente: Liturgia y espiritual Dominical


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