lunes, 27 de junio de 2016

EL SEÑOR ES NUESTRO DIOS, Y NOSOTROS SU PUEBLO, EL REBAÑO QUE ÉL GUÍA - SAN AGUSTÍN



EL SEÑOR ES NUESTRO DIOS, Y NOSOTROS SU PUEBLO, EL REBAÑO QUE ÉL GUÍA


Las palabras que hemos cantado expresan nuestra convicción de que somos rebaño de Dios: Él es nuestro Dios, creador nuestro. El es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. Los pastores humanos tienen unas ovejas que no han hecho ellos, apacientan un rebaño que no han creado ellos. En cambio, nuestro Dios y Señor, porque es Dios y creador, se hizo él mismo las ovejas que tiene y apacienta. No fue otro quien las creó y él las apacienta, ni es otro quien apacienta las que él creó.

Por tanto, ya que hemos reconocido en este cántico que somos sus ovejas, su pueblo y el rebaño que él guía, oigamos qué es lo que nos dice a nosotros, sus ovejas. Antes hablaba a los pastores, ahora a las ovejas. Por eso nosotros lo escuchábamos, antes, con temor, vosotros, en cambio, seguros. ¿Cómo lo escucharemos en estas palabras de hoy? ¿Quizás al revés, nosotros seguros y vosotros con temor? No, ciertamente. En primer lugar porque, aunque somos pastores, el pastor no sólo escucha con temor lo que se dice a los pastores, sino también lo que se dice a las ovejas. Si escucha seguro lo que se dice a las ovejas, es porque no se preocupa por las ovejas. Además, ya os dijimos entonces que en nosotros hay que considerar dos cosas: una, que somos cristianos, otra, que somos guardianes. Nuestra condición de guardianes nos coloca entre los pastores, con tal de que seamos buenos. Por nuestra condición de cristianos, somos ovejas igual que vosotros. Por lo cual, tanto si el Señor habla a los pastores como si habla a las ovejas, tenemos que escuchar siempre con temor y con ánimo atento.

Oigamos, pues, hermanos, en qué reprende el Señor a las ovejas descarriadas y qué es lo que promete a sus ovejas. Y vosotras -dice-, mis ovejas. En primer lugar, si consideramos, hermanos, qué gran felicidad es ser rebaño de Dios, experimentaremos una gran alegría, aun en medio de estas lágrimas y tribulaciones. Del mismo de quien se dice: Pastor de Israel, se dice también: No duerme ni reposa el guardián de Israel. El vela, pues, sobre nosotros, tanto si estamos despiertos como dormidos. Por esto, si un rebaño humano está seguro bajo la vigilancia de un pastor humano, cuán grande no ha de ser nuestra seguridad, teniendo a Dios por pastor, no sólo porque nos apacienta, sino también porque es nuestro creador.

Y vosotras -dice-, mis ovejas, así dice el Señor Dios: Yo mismo juzgaré entre oveja y oveja y entre carneros y machos cabríos. ¿A qué vienen aquí los machos cabríos en el rebaño de Dios? En los mismos pastos, en las mismas fuentes, andan mezclados los machos cabríos, destinados a la izquierda, con las ovejas, destinadas a la derecha, y son tolerados los que luego serán separados. Con ello se ejercita la paciencia de las ovejas, a imitación de la paciencia de Dios. El es quien separará después, unos a la izquierda, otros a la derecha.




De los Sermones de san Agustín, obispo.
(Sermón 47, Sobre las ovejas, 1. 2. 3. 6: CCL 41, 572-573. 575-576)

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domingo, 26 de junio de 2016

EVANGELIO DOMINICAL (XIII) - "Ser discípulo de Cristo"



Evangelio según San Lucas 9,51-62.


Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén y envió mensajeros delante de él. Ellos partieron y entraron en un pueblo de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron porque se dirigía a Jerusalén. Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, le dijeron: "Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos?". Pero él se dio vuelta y los reprendió. Y se fueron a otro pueblo. Mientras iban caminando, alguien le dijo a Jesús: "¡Te seguiré adonde vayas!". Jesús le respondió: "Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza". Y dijo a otro: "Sígueme". El respondió: "Permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre". Pero Jesús le respondió: "Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios". Otro le dijo: "Te seguiré, Señor, pero permíteme antes despedirme de los míos".
Jesús le respondió: "El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios".

520 Toda su vida, Jesús se muestra como nuestro modelo (cf. Rm 15,5; Flp 2, 5): él es el "hombre perfecto" (GS 38) que nos invita a ser sus discípulos y a seguirle: con su anonadamiento, nos ha dado un ejemplo que imitar (cf. Jn 13, 15); con su oración atrae a la oración (cf. Lc 11, 1); con su pobreza, llama a aceptar libremente la privación y las persecuciones (cf. Mt 5, 11-12).

1816 El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella, sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla: "Todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia" (LG 42; cf DH 14). El servicio y el testimonio de la fe son requeridos para la salvación: "Por todo aquél que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos" (Mt 10,32-33).

2233 Hacerse discípulo de Jesús es aceptar la invitación a pertenecer a la familia de Dios, a vivir en conformidad con su manera de vivir: "El que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, éste es mi hermano, mi hermana y mi madre" (Mt 12,49).

2470 El discípulo de Cristo acepta "vivir en la verdad", es decir, en la simplicidad de una vida conforme al ejemplo del Señor y permaneciendo en su Verdad. "Si decimos que estamos en comunión con él, y caminamos en tinieblas, mentimos y no obramos conforme a la verdad" (1 Jn 1,6).

2475 Los discípulos de Cristo se han "revestido del Hombre Nuevo, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad" (Ef 4,28). "Desechando la mentira" (Ef 5,25), deben "rechazar toda malicia y todo engaño, hipocresías, envidias y toda clase de maledicencias" (1 P 2,1).

2621 En su enseñanza, Jesús instruye a sus discípulos para que oren con un corazón purificado, una fe viva y perseverante, una audacia filial. Les insta a la vigilancia y les invita a presentar sus peticiones a Dios en su Nombre. El mismo escucha las plegarias que se le dirigen.


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martes, 21 de junio de 2016

CANTARÉ ETERNAMENTE LAS MISERICORDIAS DEL SEÑOR



Hoy celebramos a SAN LUIS GONZAGA, religioso. 

Nació el año 1568 cerca de Mantua, en Lombardía, hijo de los príncipes de Castiglione. Su madre lo educó cristianamente y muy pronto dio indicios de su inclinación a la vida religiosa. Renunció a favor de su hermano al título de príncipe, que le correspondía por derecho de primogenitura, e ingresó en la Compañía de Jesús, en Roma. Cuidando enfermos en los hospitales, contrajo él mismo una enfermedad que lo llevó al sepulcro el año 1591. 






CANTARÉ ETERNAMENTE LAS MISERICORDIAS DEL SEÑOR

Pido para ti, ilustre señora, que goces siempre de la gracia y del consuelo del Espíritu Santo. Al llegar tu carta, me encuentro todavía en esta región de los muertos. Pero un día u otro ha de llegar el momento de volar al cielo, para alabar al Dios eterno en la tierra de los que viven. Yo esperaba poco ha que habría realizado ya este viaje antes de ahora. Si la caridad consiste, como dice san Pablo, en alegrarse con los que se alegran y llorar con los que lloran, ha de ser inmensa tu alegría, madre ilustre, al pensar que Dios me llama a la verdadera alegría, que pronto poseeré con la seguridad de no perderla jamás.

Te he de confesar, ilustre señora, que al sumergir mi pensamiento en la consideración de la divina bondad, que es como un mar sin fondo ni litoral, no me siento digno de su inmensidad, ya que él, a cambio de un trabajo tan breve y exiguo, me invita al descanso eterno y me llama desde el cielo a la suprema felicidad, que con tanta negligencia he buscado, y me promete el premio de unas lágrimas, que tan parcamente he derramado.

Considéralo una y otra vez, ilustre señora, y guárdate de menospreciar esta infinita benignidad de Dios, que es lo que harías si lloraras como muerto al que vive en la presencia de Dios y que con su intercesión puede ayudarte en tus asuntos mucho más que cuando vivía en este mundo. Esta separación no será muy larga; volveremos a encontrarnos en el cielo, y todos juntos, unidos a nuestro Salvador, lo alabaremos con toda la fuerza de nuestro espíritu y cantaremos eternamente sus misericordias, gozando de una felicidad sin fin. Al morir, nos quita lo que antes nos había prestado, con el solo fin de guardarlo en un lugar más inmune y seguro, y para enriquecernos con unos bienes que superan nuestros deseos.

Todo esto lo digo solamente para expresar mi deseo de que tú, ilustre señora, así como los demás miembros de mi familia, consideréis mi partida de este mundo como un motivo de gozo, y para que no me falte tu bendición materna en el momento de atravesar este mar hasta llegar a la orilla en donde tengo puestas todas mis esperanzas. Así te escribo, porque estoy convencido de que ésta es la mejor manera de demostrarte el amor y respeto que te debo como hijo.

De una Carta de san Luis Gonzaga, dirigida a su madre
(Acta Sanctorum Iunii 5, 878)

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lunes, 20 de junio de 2016

Congreso Eucarístico Nacional - Homilia Cardenal Poli

Congreso Eucarístico Nacional 2016
"María anima la Evangelización del Pueblo Argentino"
Homilía del 18 de junio



Cuando el último libro de la Biblia nos dice: «Se abrió el Templo de Dios que está en el cielo y quedó a la vista el Arca de la Alianza» (Ap 11, 19), no podemos dejar de pensar en María, «la sagrada y viviente arca del Dios vivo, la cual llevó en su seno virginal a su Creador» 1. Con su sí en la anunciación, la sombra del Espíritu divino hizo que «el arca de su cuerpo fuese albergue de Dios y fuente de vida»2; hoy, en este sábado, al celebrar ala Virgen misionera en la Argentina, y mientras esperamos el Día del Señor, queremos mirar a Aquella que «nos ha procurado todos los bienes. En ella Dios se ha hecho hombre, y el hombre ha venido a ser Dios: ¿qué puede haber más extraordinario y maravilloso?»3.

Sí, la Virgen es la Nueva Arca de la Alianza: hay en este merecido título mariano, antiguas y deslumbrantes resonancias bíblicas, como el eco que nos trajo la primera lectura del segundo libro de Samuel, cuando el rey David trasladó el Arca de la Alianza a la ciudad santa de Jerusalén a través de las montañas de Judá. David y todo Israel llevaban el Arca rodeados de una gran alegría, porque representaba la presencia de Dios en medio de su pueblo. «El Arca de la Alianza, toda recubierta de oro, en la cual había un cofre de oro con el maná, la vara de Aarón que había florecido y las tablas de la Alianza» (Hb 9, 4). Fue venerada por el pueblo durante su peregrinación en el desierto, y finalmente ocupó el centro del culto en el bellísimo templo que le construyó el rey Salomón. Con todo, el Arca de la Antigua Alianza desaparece en época del profeta Jeremías y el pueblo judío esperaba encontrarla al fin de los tiempos.

Pero Dios adelantó su promesa, porque en María, desde el mismo instante del anuncio angélico, su vientre –como el común de las madres primerizas–, «calladamente se deformó en cántaro a la presión continua del misterio»4. Será en la joven hebrea de Nazaret, en quien va a habitar la presencia del Señor: «Ella es en persona la hija de Sión, el arca de la Alianza, el lugar donde reside la Gloria del Señor: ella es "la morada de Dios entre los hombres" (Ap 21, 3)» (CEC 2676). Las figuras antiguas eran signos y dejan paso a nuevas realidades, porque en su seno virginal –morada «llena de gracia»–, «la Palabra se hizo carne» (Jn 1,14) y en él habita quien ha dicho: «Yo soy el Pan de vida» (Jn 6, 35.48) ofreciendo un sacrificio perfecto como «mediador de una nueva Alianza entre Dios y los hombres» (Hb 9, 15). Para custodiar ese valioso cofre viviente, Dios eligió a un varón íntegro, justo y casto: José de Nazaret, el Carpintero, el que hizo las veces de padre de Jesús.

Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, quien se hizo semejante a nosotros y se presentó como uno de tantos (cfr. Flp 2,7)), no solo tomó de la Virgen su carne y su sangre, con la que se entregó por nosotros en la Cruz, sino que también asumió el linaje humano que lo emparentó con patriarcas y reyes (cfr. genealogía de San Mateo) y hasta con el primer Adán (cfr. genealogía de San Lucas). Así, la persona y la obra redentora de Jesús, al establecer una Alianza definitiva entre Dios y los hombres, fue decisiva para la historia de su pueblo Israel y para la humanidad entera. María, en la visitación, es portadora de este misterio de amor.

El Evangelio de San Lucas nos regala una imagen sorprendente: «María partió y fue sin demora a un pueblo de las montañas de Judá» (Lc 1,39). Nuevamente el Arca se puso en movimiento, obedeciendo al impulso del Espíritu que inspiró su decisión, esta vez para anunciar a su parienta la Buena Noticia esperada por siglos: lleva al Mesías de Dios. Así comenzó la misión de la Virgen, porque como lo sugiere San Agustín, María tuvo que aprender que su relación con Jesús como discípula es tan importante como su relación como madre. Ella no se quedó tejiendo escarpines, sino que «sin demora» salió a los caminos porque tenía que dar a conocer el don recibido.

La Virgen de la visitación es el ícono más auténtico de una Iglesia que sale para anunciar la verdad y belleza del Evangelio de Jesús. En ese repentino viaje de la Madre del Señor parece repetirse el itinerario que hizo el Arca rescatada por David a los filisteos, a través del territorio de Judá. Y hasta la exclamación de Isabel: «¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a visitarme?» (Lc 1,43), guarda notable coincidencia con el sentimiento de David: ¿Cómo va a entrar en mi casa el Arca del Señor? (2Sam 6,9). El encuentro de una joven virgen y una anciana estéril –María del «Sol naciente» e Isabel del «Profeta del Altísimo»–, trazan un puente y dan unidad al Antiguo y Nuevo Testamento. La casa de Zacarías se llenó de la irradiación que María difunde de manera contagiosa. Desde ese momento la Virgen será siempre para todos los cristianos «causa de nuestra.

En aquel encuentro feliz, «los beneficios de María y los dones de la presencia del Señor se manifestaron en seguida, pues, así que Isabel oyó el saludo de María, su criatura saltó de gozo en su seno y ella quedó llena del Espíritu Santo. Ellas proclaman la gracia, ellos, viviéndola interiormente, logran que sus madres se aprovechen de este don hasta tal punto que, con un doble milagro, ambas empiezan a profetizar por inspiración de sus propios hijos»5. Así, las aclamaciones de Isabel: «Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre» (Lc 1, 42), dan cuenta de que ya no hubo secretos entre primas. En aquel familiar intercambio, la Virgen –no sin inspiración de lo alto–, elevó un torrente de alabanzas con el Magníficat. Ambas se convirtieron en madres por intervención divina y fueron testigos de un signo esperanzador para todos los hombres.

El Papa Francisco, al comentar este pasaje, nos enseñó: «Elegida para ser la Madre del Hijo de Dios, María estuvo preparada desde siempre por el amor del Padre para ser Arca de la Alianza entre Dios y los hombres. Custodió en su corazón la divina misericordia en perfecta sintonía con su Hijo Jesús. Su canto de alabanza, en el umbral de la casa de Isabel, estuvo dedicado a la misericordia que se extiende “de generación en generación”. También nosotros estábamos presentes en aquellas palabras proféticas de la Virgen María» (Lc 1,50)6.

«Su misericordia se extiende de generación en generación» (Lc 50). Es cierto, la Virgen hizo presente el Evangelio de su Hijo, iluminando los primeros pasos de la Evangelización de América. Ella también comprometió su presencia cuando se gestaba nuestra Nación. Hace doscientos años, cuando los congresales provenientes de provincias lejanas, llegaban «a la benemérita y muy digna ciudad de San Miguel de Tucumán», consagraron su primera jornada para pedir a Dios inspiración y sabiduría en la causa que los apasionaba, como consta en las antiguas crónicas: «A las 9 de la mañana se reunieron los Señores Congresales en la casa congresal, y de allí se dirigieron en cuerpo al templo de San Francisco donde asistieron a la misa del Espíritu Santo, que se cantó para implorar sus divinas luces, y auxilios, protestando con esto el deseo del acierto en sus deliberaciones».

Era el día 25 de marzo de 1816, «que consagra nuestra madre la Iglesia a la memoria del adorable misterio de la Encarnación del Hijo de Dios»7. De ese modo, con la fiesta de la Anunciación, en la que se celebra el bendito día en que María se convirtió en Arca de la Nueva Alianza entre Dios y los hombres, comenzó la labor parlamentaria que llegó a su culmen con la declaración de la Independencia.

Procesión con el Señor del Milagro, Señor de Mailín y la Cruz de Matarå



Con la participación de numerosos congresistas a las 15hs del segundo día (17/06) del congreso eucarístico nacional se realizó una procesión con las imágenes del Señor del Milagro(Salta), el Señor de Mailín(Santiago del Estero) y la cruz de Matará (Cruz más antigua de la evangelización en Argentina). Fue una procesión muy efusiva cargada de la emotividad y alegría de todos los congresistas que caminaban como así también de todos los tucumanos que se encontraban con el paso de las imágenes. Más información: http://www.portaldesalta.gov.ar/milagro.htm



Un regalo del Obispo Fray Francisco de Victoria, quien era Obispo del Tucumán, estuvo presente en la fundación de Salta en 1582. Terminado su servicio pastoral, ya en España, mandó dos cajones para América: uno con la imagen de la Virgen del Rosario para Córdoba y otro con el Señor Crucificado para la Iglesia Matriz de Salta. Es en el puerto del Callao (en Perú) donde acontece el primer prodigio: cuando la gente salió al puerto divisó los cajones flotando sobre las aguas. Sacados ambos del océano, los abrieron y se dieron con la grata sorpresa de las dos imágenes que enviaba el antiguo Obispo del Tucumán. Nunca se supo del navío que las traía ni de su tripulación.


La historia cuenta que un día de 1780 el anciano Juan Serrano se sorprendió al observar una potente luz al pie de un algarrobo. Con curiosidad se acercó al lugar y descubrió una cruz de madera con la imagen pintada de Cristo, con una calavera bajo sus pies. Esto ocurrió en las inmediaciones de la actual población de Mailín, Santiago del Estero, donde se construyó un templete para este Cristo que con el tiempo fue denominado popularmente Señor de los Milagros de Mailín.
A comienzos del siglo XIX se levantó una capilla para celebrar los oficios religiosos, y en 1870, por iniciativa del General Antonio Taboada, comenzó la edificación de la iglesia mayor. En 1904 se iniciaron los trabajos para construir el actual templo donde se conserva la imagen del Cristo, protegida en una caja de oro y plata.

La Cruz de Matará es una cruz tallada en madera por un miembro de la tribu nativa de Matará en la Argentina, evangelizada en el siglo XVI. Los misterios fundamentales de nuestra fe están tallados en la Cruz: la creación, simbolizada por el sol y la luna, el nacimiento de Cristo, simbolizado por la Estrella de Belén, los instrumentos de la Pasión de Cristo y la Crucifixión, la Eucaristía, la Santísima Virgen María representada como una reina española, y las llamas del purgatorio. Es una de las más antiguas cruces que se han encontrado en Argentina y que manifiesta la evangelización del Nuevo Mundo. Más información sobre la cruz de Matará(simbolos): http://www.servidorasdelsenor.org/es/cruz-de-matará